De cuerpo exacto y pantorrillas generosas, cuando la vi mis ojos permanecieron en sus nalgas respingonas y solidas, turgentes, tal como las había imaginado; no esperaba tan pronto tener una erección, sin decir nada, ella atrapó mis genitales y pronunció su boca un sinfín de retóricas, y la mía recorrió todas las onomatopeyas de eco en eco, desahogando espontaneidades, esparciéndome en purezas.
Enlazados, gozándonos los huesos, los laberintos y formas no hubo pausa sobre nosotros mismos, no pudo haber silencio ni palabras oscuras, de esquina en esquina nos contamos la vida, supe que nunca había llorado, que las flores prendían de sus manos como una danza feroz y el deseo se abría ante su lengua sin vértigo ni reservas. Su vida transcurría feliz, tenía un buen trabajo y un novio con el que se casaría unas semanas después.
A ella, como a mí, le gustaba el sexo y la poesía y se crujía de placer pretendiendo aventuras o masturbándose en el trabajo mientras hablaba por teléfono con algún amante ocasional.
El hambre y la pasión urgieron nuestro encuentro. De infinita ternura, horizontales en mi piel, sus manos, sin círculos prohibidos entre el deseo y la humedad del día. Abierta entre las sábanas era blanca su risa, blanco su pecho iluminado.
Rota la claridad nos sorprendió el jardín arrebatados, locos, buscándonos los pulsos un banco Junto al Turia cobijó nuestras bocas lamiéndonos procaces, no hubo yerba en Valencia que no auxiliara a nuestros cuerpos, rodándonos de beso en beso.
En aquel lugar nos recorrimos enteros desde las nalgas al corazón y nos hicimos la promesa de no volver a vernos, de no dejar de amarnos nunca.
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Cantos Piadosos. Fragmento.
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Imagen fotográfica
by Edward Weston –Nude Océano 1936-
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